BARBA EL ENANO Y TAZ EL GIGANTE
El gigante Taz gritó:
-.¡Quieto Barba!- Al sonar el grito, el pobre Barba quedó espatarrado he
incrustado en el árbol. Todo el bosque se estremeció. Los pájaros despavoridos
salieron volando y los animales huyeron a sus madrigueras y escondites.
Taz el gigante, riéndose muy bajito, se acercó a Barba el enano y cogiéndolo
por el corpiño lo bajó del árbol y con mucho mimo lo subió a su hombro.
Barba estaba muy asustado y no podía articular palabra. Y cuando por fin se
repuso, le dijo al gigante al oído:
-.Taz te has pasado. Tú sabes por qué estoy tan nervioso. Hemos recorrido
innumerables pueblos y yo soy el que ha recibido las mofas y burlas de
pequeños y mayores. Y ¿te asombras de
que tenga miedo de entrar en esta aldea
que estamos viendo?
-.Te comprendo, mi querido amigo, pero
habrá algún sitio en que nos acepten -dijo
Taz. El enano se tranquilizó y bajó del
hombro del gigante. Se arregló la ropa, se
colocó el gorro y cogió el bastón que
siempre llevaba.
-.¿Qué tal estoy? -preguntó.
Taz lo miró y se fijó en las profundas
arrugas de su cara. ¿Qué edad podía tener?, se preguntaba.
Lo que sí tenía claro era que el enano era un gran compañero de viaje,
generoso y divertido. En todo el tiempo que llevaban juntos nunca se quejó.
Aunque en su voz siempre había un poso de amargura. En su pueblo nunca lo
respetaron. Nadie era tan chiquito como él. Un buen día, tomó la decisión de
marcharse con la esperanza de encontrar a alguien que lo quisiera y lo
aceptase como era.
-.Bueno, vamos a ver que pasa- dijo Barba.
Echó a andar primero muy despacio, después con gran valor. Las palabras del
gigante eran una premonición de algo bueno. El pueblo estaba silencioso, la
gente debía de estar en sus hogares, pensó. Después de mucho andar,
encontró un bar y decidió entrar.
El dueño del bar se quedó parado como si hubiese aparecido un fantasma. No
obstante, le sonrió y preguntó.
-.¿Qué desea?
-.Un refresco, por favor.
Le sirvió el refresco, y preguntó.
-.¿Qué hace por aquí en este apartado lugar de la tierra?
-.Vengo de muy lejos. Me llamo Barba y busco trabajo.
-.Yo me llamo Pedro y soy el dueño del bar. Pero, siento decirte que aquí no
hay trabajo para nadie. Hace unos años era maravilloso, todos nuestros
campos estaban llenos de hombres jóvenes que cultivaban la tierra pero la
mayoría se han ido. Hay mucha tierra pero pocas manos. Los campos están
agrietados y apenas si vamos al mercado central. No tenemos nada para
vender y poco a poco, nos estamos muriendo. Sígame y observe.
Llevó a Barba a la ventana y le mostró todos los campos.
-.Es impresionante –dijo Barba– y sabe, estoy pensando que un amigo mío y
yo podíamos ayudarles para que el pueblo vuelva a ser lo que era.
-.Querido amigo, ¡estás completamente loco!, ¡un amigo y tú! Por favor, no te
burles, que esto no es cosa de burla.
-.¿Y si te dijera algo?, pero por favor no te asustes. El amigo del que te
hablaba es un gigante.
El tabernero se echó hacia atrás, con los ojos muy abiertos. Cuando se repuso
preguntó:
-.¿Cómo es de grande el gigante?
-.Muy grande -dijo Barba- creo que mide diez metros y es muy fuerte; y ¡eso
que solo es un muchacho! Yo lo he visto arrancar árboles inmensos y matar
una serpiente enorme que luego nos comimos y que, por cierto, estaba
estupenda. Además, es muy bueno. Llevo con él caminando muchos días y
siempre me ha cuidado. Nos conocimos en un bosque. Salió de su aldea a
cazar, se perdió y ya no fue capaz de encontrar el camino de vuelta. Lo único
que quiere es volver con su familia. Por cierto, no habrás oído hablar de La
Aldea de los Gigantes, ¿verdad?
-.No -dijo el tabernero- no he oído nada sobre esa aldea. Aunque, pensándolo,
quizás algún viejo del pueblo pueda informarnos. Pero ahora te pregunto yo,
¿qué habíais pensado, sobre cómo ayudarnos?
-.Muy fácil -dijo Barba- tú habla con la gente para que no se asusten cuando lo
vean y diles que solo quiere ayudarles. Así, tendrán la recompensa de que el
pueblo vuelva a ser lo que era.
-.Es una tarea difícil, pero haré lo que dices porque todo el mundo tiene ganas
de trabajar -dijo el dueño del bar.
-.Bien, en ese caso volveré mañana y tú me dirás qué has conseguido.
Se despidieron y Barba volvió junto al gigante. Le contó la conversación y muy
alegres se fueron a bañar al río y a secar sus ropas. Si el pueblo los aceptaba
tenían que estar limpios para la presentación.
Era divertido ver lo bien que se lo pasaban. El gigante cogía a Barba por los
brazos y lo tiraba muy lejos en el agua. Reían los dos a carcajadas.
De pronto, sonó la campana de la Iglesia. Parecía loca, por todo el bosque se
oía. Por fin paró de tocar y sonó la voz del pregonero. Al gigante no le costó
ningún trabajo escuchar lo que decía.
“De parte del señor alcalde se hace saber que esta tarde en el salón de la
Iglesia nos reuniremos para una cosa muy importante, y por favor, no traigáis
a los niños”
Taz tuvo que cerrar la boca. Se le escapaba una carcajada con el final del
pregonero, él jamás haría daño a los niños.
Barba saltaba a su alrededor.
-.¿Qué dice?
-.Esta tarde tienen una reunión y por supuesto hablaran de nosotros. Venga,
vamos a vestirnos y a esperar.
El gigante había preparado un buen conejo asado y unas hierbas deliciosas que
le gustaban mucho a Barba. Se dispusieron a comer, estaba muy rico, y luego
se echaron a dormir la siesta.
El reloj marcaba las siete menos diez minutos y desde donde estaban, podían
ver lo que estaba pasando. Hombres y mujeres charlaban y se preguntaban
qué cosa tan importante sería para reunirlos con tanta urgencia. Su vida se
había vuelto tan aburrida y monótona que cualquier idea les animaba. Pero eso
de no llevar a los niños no les hacia ninguna gracia, ¿por qué sería?
Barba, no podía estar quieto y dijo al gigante.
-.Voy a la reunión, por lo menos me enteraré de lo que dicen.
-.¿Y si te ven?
-.No me verán, me escurriré como un gato, ya lo verás, dijo el enano.
El gigante al verlo marchar sonrió y se dijo “por supuesto que no lo verán, es
tan chiquito que parece un gato”.
El enano con mucho cuidado se acercaba, le quedaban pocos metros para
llegar a la Iglesia. Esperó a que todos entraran y muy sigiloso se deslizó hasta
meterse en un confesionario.
-.Bien -se dijo- este es un buen escondite.
Aquí no me verán.
Delante del altar habían puesto una mesa, y
sentados estaban el cura, el alcalde y Pedro
el del bar.
Sonó una campanilla y el cura mando callar,
y dijo:
-.Amigos, os hemos reunido porque hay algo
muy importante que os tiene que contar
Pedro el tabernero. Sólo os pido que guardéis un gran silencio.
Pedro se levanto y comenzó a hablar.
-.Esta mañana ha llegado al pueblo un enano. Quizás no habéis visto ninguno
en vuestra vida, pero no es ni más ni menos que un hombre pequeñito. Según
me contó, viene acompañado de un gigante.
La gente asustada comenzó a removerse inquieta. El alcalde mandó silencio.
-.Por favor callaos todos, dejad que Pedro siga y os cuente la conversación que
mantuvo con él. Pedro sonriendo siguió hablando.
-.Veréis, según me dijo el enano hace meses que se encontraron en un
bosque. El gigante le salvó la vida y se hicieron muy amigos. Cada uno tiene
una meta: el gigante encontrar su aldea y el enano un trabajo. ¡Ah!, no os he
dicho que el enano se llama Barba y al ver nuestros campos me dijo que los
dos podían ayudarnos si todos estuvieseis conformes. Vendrán y nos hablarán
de sus proyectos.
Al terminar, Pedro, el señor cura, dijo:
-.Ahora, por orden, iréis haciendo las preguntas que queráis. Levantáis la
mano y os escucharemos a todos.
-.Yo creo -dijo el alcalde- que necesitamos más información. No sabemos
mucho de ellos y he pensado que lo mejor seria que Pedro, mañana, le dijera
al enano que se reuniera con todos nosotros en la plaza y nos contaran sus
intenciones.
Todos estuvieron de acuerdo, veían que era lo más razonable.
De pronto, sonó una voz chillona y desagradable. Era la voz de Lilly, la mujer
del alcalde.
-.No me gusta lo que se está hablando aquí. Todos hemos escuchado cosas
sobre los gigantes y sabéis por los cuentos que son unas bestias enormes.
Pedro, ante esas palabras, se incorporó y dijo:
-.Según me contó el enano, mide diez metros y tiene la fuerza de veinte
hombres.
Se formo un gran revuelo, todos se asustaron. La mujer, muy enfadada, gritó:
-.¡Esto no me gusta!, ¿y si se come a nuestros hijos?
El señor cura, muy tranquilo, le respondió.
-.Vamos a ver, un gigante es un hombre muy grande, pero solo eso. No es un
ogro de los cuentos. Esperemos a ver cuales son sus propósitos. Mañana
mandaré llamar a los dos y los juzgaremos.
El alcalde dio por finalizada la reunión y todos salieron comentando lo que
habían oído. Lilly estaba histérica y roja como el vestido que llevaba. Muy
enfada, a todos les decía llorando:
-.No sabéis dónde nos estamos metiendo, ya veréis la ruina que nos espera.
Gritaba tan fuerte que hasta Taz desde lo alto en el bosque la oía y pensó:
“Te daré una lección que no te esperas, y dejarás de gritar “.
Barba, por su parte, se escurrió como pudo, y corrió hasta llegar junto al
gigante. Le contó lo que había pasado en la reunión y estaba muy asustado
por las palabras de la mujer.
-.Es normal querido Barba -dijo el gigante- ya verás como cambia de opinión
cuando les expliques lo que pienso hacer.
-.¿Y qué es?- Dijo el enano temblando.
-.Paciencia, amigo mío, mañana irás a ver al dueño del bar y le dirás que por
la tarde nos presentaremos ante todo el pueblo.
-.¿Sabes Taz? Se llama Pedro y debe ser un buen hombre.
Al día siguiente, Barba fue muy temprano al bar y tuvo mucho cuidado de que
no lo viera nadie. Quedaron que la presentación fuera a las seis de la tarde.
Y llegó la hora. El pobre Barba estaba horrorizado. El gigante lo subió a su
hombro y lo tranquilizó.
-.Vamos chiquito, ten valor, que nos vamos a divertir de lo lindo. Sobre todo
con la chillona, le voy a dar un susto y una lección, que no lo va olvidar en su
vida, ¡espero que no se quede tiesa!
Los dos, riéndose y con las zancadas que daba el gigante, enseguida llegaron
al pueblo. Era cómico verlos a los dos, uno tan grande y otro tan pequeño
subido en el hombro del gigante. Barba parecía un loro en el hombro de un
pirata y eso fue lo que pensó la gente. Al verlos, todos retrocedieron a su
paso, pero les hicieron un pasillo. Al fondo, estaban otra vez, el alcalde, el
señor cura y Pedro el del bar.
El alcalde dijo:
-.Sed bienvenidos, quisiéramos saber vuestras historias y qué es lo que
queréis de nosotros.
-.Me llamo Barba y mi historia es muy triste. Vivía feliz con mi familia, era un
niño normal como mis hermanos y hermanas; pero al cumplir los quince años,
empecé a bajar de estatura y me fui quedando como me veis. Todos
empezaron a llamarme enano, se burlaban y
mis padres estaban muy disgustados. Me
querían muchísimo, pero viendo su
sufrimiento, un buen día hablé con ellos y les
dije que me iba a recorrer mundo. Les di un
abrazo, y hace unos meses me encontré con
Taz. Estaba en el bosque y me salvó la vida.
Desde entonces, es mi mejor amigo.
El gigante sonrió y empezó su historia.
-.Me llamo Taz, y soy un gigante. Tengo
dieciocho años. Vivía con mi familia en nuestra aldea, La Aldea de los
Gigantes. Mis padres son más grandes que yo. Hace un año, salí a cazar y sin
saber cómo me perdí. Anduve por el bosque, pero no he sido capaz de
encontrar el camino de vuelta a mi casa. Me encontré con Barba y nos hicimos
grandes amigos. Hemos recorrido muchos pueblos y aldeas, pero cuando veían
a Barba se mofaban de él y le tiraban piedras, así que vivíamos en los
bosques. Yo lo único que quiero, es que me ayudéis a volver a mi aldea y,
mientras tanto, os pagaré con mi trabajo. Y cuando vayáis al mercado
preguntad si alguien ha oído hablar de mi aldea, pero, por favor, no digáis que
estoy aquí.
Se hizo un gran silencio, solo se oían los latidos de los corazones de los allí
presentes.
Lilly la chillona, no se pudo contener.
-.Os está engañando, todo es mentira, solo les interesan la aldea y los niños.
El gigante sólo tuvo que girarse un poco, y con mucha delicadeza, la subió
hasta sus ojos y dijo irritado muy bajito, aunque todo el pueblo lo oyó.
-.Señora, en mi aldea hay dos cosas que respetamos mucho, los niños y la
tierra. Los niños son nuestra continuación, puesto que somos una especie que
puede extinguirse. Los queremos y mimamos mucho, todos son muy felices. Y
la tierra, porque nos da de comer. Míreme bien, ¿cree que tengo cara de
haberme comido algún niño?
Lilly lo miró y pensó: ”¡qué bello es!” el pelo rubio y sus suaves rasgos la
fascinaron. Sin poder remediarlo se sumergió en la bondad de sus ojos azules,
parecían dos trozos de cielo. Cuando pudo hablar, le dijo al gigante:
-.Perdónenme, jamás volveré a dudar de ustedes, ni a decir esas cosas tan
desagradables.
Con mucho cuidado, el gigante la bajó al suelo y todo el pueblo aplaudió.
El alcalde, feliz y entusiasmado, les preguntó:
-.¿Qué queréis que hagamos?
-.Veréis -dijo Taz- pronto lloverá. Así, que ir al mercado y comprar simientes y
todo lo que se pueda sembrar. Haremos que vuestros campos resurjan. Están
dormidos y ha llegado la hora de despertarlos. La tierra es buena, lo he
comprobado. Yo en mi bolsa tengo abono del que usamos en mi aldea, lo
esparciremos y veréis lo hermosa que será vuestra cosecha. Será la mejor del
país. Hasta que llueva, Barba y yo estaremos arriba en el bosque.
Todo el pueblo, estaba loco de alegría y empezaron a arreglar sus aperos de
labranza. Juntaron todo el dinero que tenían para comprar lo que les había
dicho el gigante. Después prepararon los carros, pero todos llevaban la
consigna de no decir nada del gigante. Si alguien les preguntaba por qué
compraban tanto dirían que era para otros pueblos, ya que eso solían hacerlo
para luego revender los productos y sacar algo de dinero
Taz y Barba estaban debajo de un árbol tomando el sol tranquilamente cuando
oyeron un ruido. El enano fue a ver que era, pensando que sería algún animal
de los muchos que había en el bosque, y se encontró con Lilly la chillona que
llevaba un paquete en las manos. Y muy nerviosa, les dijo:
-.Perdonad, venia a traeros un pastel que he hecho yo misma.
El gigante, tendido en el suelo, le dio las gracias. El tono de la mujer había
cambiado, no era sumisión sino de amistad, esto le alegró muchísimo.
Barba como loco, se fue a por el pastel.
-.Está buenísimo, y es muy grande, vamos a tener para muchos días.
Al gigante se le saltaron las lágrimas. Se acordaba de su madre y de los ricos
pasteles que hacía, ¿cuándo volvería a verla?
Mientras comían no se dieron cuenta que alguien los observaba. Taz se levantó
del suelo y vio a cuatro niños, fue por detrás y los cogió. Acariciándolos, se
echó en el suelo y les enseñó a que lo usaran de tobogán. Los críos, al
principio estaban asustados, pero pronto el miedo se transformó en risa.
Los niños se subían a la cabeza del gigante y le recorrían todo el cuerpo a la
velocidad de las balas. Así estuvieron un buen rato, hasta que Barba puso
orden y los mandó a su casa.
-.Venga, se acabó el juego, iros ya. Mañana
venid y jugaremos otro rato.
Los cuatro obedecieron, y por el camino, iban
pensando en decírselo a todos los chicos del
pueblo.
Los carros estaban preparados. Tardarían dos
días en volver con las semillas y los bulbos,
pero no les importaba. En su corazón solo
estaban las palabras del gigante. Si todo salía
como él había dicho, el pueblo sería como antes y los que se fueron
retornarían a sus hogares abandonados por la pobreza.
Aquella noche empezó a llover, primero despacito y después más fuerte. Por la
mañana salió un sol espléndido.
Barba y Taz, resguardados debajo de los árboles, cuando vieron el sol de la
mañana se encaminaron hacia el pueblo. Todo estaba preparado, niños,
jóvenes y mayores cargaban con palas y azadas. Otros estaban subidos a los
pocos tractores que les quedaban esperando al gigante. Cuando llegaron, éste
les fue marcando las tareas que cada uno tenía que hacer. Hasta los niños
eran pocos, pero servían para recoger en un saco las malas hierbas que los
mayores iban tirando.
Al final de la tarde se asombraron de cómo habían quedado los campos y
mientras todos se fueron a sus casas, sólo el gigante y el enano se quedaron.
-.Y, ¿qué hacemos? -dijo Barba.
-.Ahora viene lo más importante -dijo Taz el gigante.
Sacó de su bolsa un buen puñado de un polvo blanco que fue rociando por
todas las tierras, después le dijo al enano:
-.Vámonos, desde el bosque verás algo que no te podrás creer.
En el bosque, desde lo alto, esperaron a que saliera la luna. Y, de pronto, el
enano se dio cuenta que la tierra se había vuelto blanca, de un blanco tan
extraordinario que parecía mármol.
-.No puede ser, ¿qué has hecho, Taz?
-.Ni más ni menos que lo que hacemos en mi aldea, pues abonar la tierra. Es
un abono especial; así la cosecha será magnifica.
Se fueron a dormir porque el día siguiente sería muy duro, había que sembrar.
Llegaron los carros con sus simientes y bulbos y rápidamente y con muchas
ganas se pusieron a trabajar. Los niños, guiados por el enano, llevaban un palo
y lo introducían en la tierra removida del día anterior. Y en el agujero, ponían
los bulbos, las cebollas, los ajos, las plantas de tomates, etc. Después, el
enano apretaba la tierra. Los niños estaban encantados, era un trabajo muy
divertido, jamás se lo habían pasado tan bien.
Los mayores tenían otras tareas, siempre guiados por Taz el gigante. Al llegar
la tarde no podían creer que habían terminado.
-.No me lo puedo creer -dijo uno de ellos- ¿Cómo ha sido tan fácil?
-.El gigante ha hecho casi todo, ¿o no lo entiendes? -dijo otro.
-.Si lo entiendo, es un gran amigo. Espero que se quede para siempre con
nosotros. Aunque él solo quiere ir con su familia.
A partir del día siguiente empezó a llover. Barba y Taz estaban muy aburridos.
Entonces, al enano se le ocurrió una idea y se la comunicó al gigante.
-.Verás Taz, voy a ir a ver al alcalde. Quiero ocuparme de los niños. ¿Sabes?,
no tienen maestro, no saben ni leer ni escribir y yo puedo darles clases,
siempre lo he deseado, ¿qué te parece?
-.Me parece estupendo -dijo el gigante.
Pero, dijo Barba el enano, les daré las clases como a mí me parezca, quiero
que aprendan y sean felices.
El alcalde aprobó la idea del enano y enseguida prepararon una habitación en
la alcaldía. Los niños lo único que deseaban
era estar con Barba y la idea la acogieron con
mucha alegría. Lo adoraban y estaban ávidos
de aprender.
El gigante se dedicó a lo que más le gustaba,
la caza. Había muchos conejos, ciervos y
jabalíes. Todo lo que cazaba lo llevaba al
pueblo, y las mujeres hacían unos guisos
estupendos que todos degustaban. La verdad
es que era un pueblo muy feliz.
Por otra parte, Lilly, había dejado de gritar. Su marido el alcalde, no se lo
podía creer. Tuvo una idea y se la comunicó a todos sus conciudadanos, sabía
de antemano que todos aceptarían. Después de los saludos, dijo:
-.Tenemos que hacer algo por nuestros amigos, no pueden seguir viviendo en
el bosque. Decidles a vuestros maridos que mientras esperamos para recoger
la cosecha podían hacer en las afueras del pueblo una especie de habitación.
Tiene que ser muy grande para que quepa el gigante, hay que medirlo. Será
como un gran almacén en el que todos cooperaremos para que esté cuanto
antes.
Así lo hicieron, y en menos de lo que se pensaban habían hecho una nave con
sus ventanas. El carpintero tuvo más trabajo. Hacer una silla para un gigante
que medía diez metros era muy laborioso. Pero hizo las dos sillas, la de Barba
era pequeñita como él. Después fueron al mercado y compraron maderas y
lana en cantidad para las camas. La gente, que todo lo observaba, les
preguntaban por lo que estaban haciendo, pero ellos respondían que estaban
arreglando las casas. Las mujeres colgaron las cortinas en las ventanas y
cuando terminaron los llamaron.
La sorpresa de los dos fue tremenda, pero les dieron las gracias llenos de
felicidad. Ya no irían al bosque, ni pasarían frío.
Pasaron dos meses y el campo estaba listo para la recolección. Todos se
asombraban de lo rápido que las plantas habían crecido. Ese año sería el
primero en ir al mercado a vender la cosecha, pero tuvieron que pedir carros a
otros pueblos.
Las hortalizas eran tan grandes, que una sola cebolla pesaba medio kilo. Y así
todas las demás, el color y los olores que desprendían hacían que la gente solo
les comprara a ellos, la gente murmuraba.
-.No es posible, ¿qué abono habrán usado? -Se preguntaban.
Ellos respondían.
-.La tierra estaba llena de abonos y al sembrar han resurgido así de grandes.
Volvieron al pueblo con mucho dinero, habían vendido todo, y la gente se
peleaba por comprarles.
Esa noche hubo una gran fiesta, estaban asombrados y felices, pero no sabían
que tendrían muchas más sorpresas. Ahora tocaba divertirse y degustar las
ricas carnes, cazadas por el gigante, que habían preparado.
Llegó el invierno y la nieve. Barba el enano seguía con sus alumnos cada día
más contentos, ni una sola vez faltaron a clase. Les gustaba aprender. Las
clases eran tan amenas que los niños se sentían felices. Como premio por
estudiar iban por la tarde a jugar con el gigante, saltaban y brincaban encima
de él. En el fondo, el gigante era un niño como ellos. Barba el enano ponía fin
a los juegos y de mala gana se iban a sus casas.
El gigante se dedicaba a leer y a cortar leña para todo el pueblo. También
cazaba y todos se beneficiaban. Sólo los domingos, reunía a los niños y los
adiestraba en el manejo del arco y las flechas. Se dio cuenta que algunos
llegarían a ser auténticos arqueros. Y así,
tranquilamente, llegó la primavera.
La sorpresa fue mayúscula, los campos sin que
nadie los hubiese cultivado empezaron a
florecer. Era un milagro, estaban muy
asustados y fueron a ver a Taz el gigante, y él
les aclaró el milagro.
-.Veréis amigos, esto también ocurre en mi
aldea. Cuando la tierra estaba preparada, yo
eché un abono que lo único que hace es matar
las malas hierbas. Y siempre quedan restos de los bulbos y semillas. Ahora las
hortalizas serán más pequeñas, pero no os preocupéis porque dentro de un
mes podremos recolectar y tendréis vuestras ganancias.
Efectivamente, al mes volvieron al mercado y la gente de los otros pueblos no
se lo podía creer. Y enfadados, fueron a ver al señor y dueño de todas las
tierras y le contaron lo que pasaba. Éste, llamó al alcalde y le preguntó.
-.Tengo muchas quejas contra tu pueblo, tú me explicaras que está pasando.
-.Señor -dijo el alcalde- esto es el fruto de nuestro trabajo. Cuando éramos
pobres nunca se preocuparon por nosotros y ahora vienen a usted a quejarse.
-.Sí, tienes razón, pero coincide conmigo en que dos cosechas en el año es un
poco raro. Aparte, vuestras hortalizas son tan grandes que nunca se habían
visto.
-.Señor, nuestras tierras estaban dormidas y han despertado -dijo el alcalde.
-.Bien, es razonable, pero tengo una curiosidad, ¿por qué preguntáis por La
Aldea de los Gigantes?
El alcalde se quedó sin habla, pero respondió.
-.Señor, tenemos un maestro para los niños. Ha recorrido muchos pueblos y
ha oído hablar de dicha aldea; y por eso nosotros preguntamos en el mercado,
es simple curiosidad.
-.No sé que pensar -dijo el señor- y como tengo muchas quejas mandaré a mis
guardas para que me informen sobre lo que pasa en vuestro pueblo.
El alcalde salió del castillo muerto de miedo, sabía que el señor era muy cruel
y no pararía hasta descubrir el misterio. Y él seguro que lo pagaría con su
cabeza.
Nada más llegar al pueblo reunió a la gente y les informó de lo que había
pasado. Todos decidieron que harían turnos de vigilancia y en cuanto vieran a
los guardias, Taz el gigante se iría al bosque. La nave la llenarían de pacas de
paja y dirían que era el almacén.
Y ocurrió lo que todos temían. Los guardias eran soldados horribles, estaban
acostumbrados a ir a la guerra y no respetaban nada ni a nadie. Entraban en
las casas y las destrozaban. Después reunieron al pueblo en la plaza, las
mujeres y los niños lloraban, los hombres estaban aterrorizados. El gigante,
desde lo alto en el bosque, cada vez se ponía más nervioso, y llegó un
momento que no se pudo contener y dando un gran grito bajó al pueblo y los
soldados al verlo huyeron despavoridos montados en sus caballos.
Llegaron al castillo y le contaron al Señor de las tierras lo que habían visto y
éste, que era muy listo, se retiró a sus aposentos a pensar. Aquella noche soñó
con la corona de brillantes del Rey. Las tierras serían todas suyas. Después de
unas horas se levantó con una gran sonrisa dibujada en la cara. Tenía una
gran idea, era genial, y mando llamar al alcalde.
-.Querido alcalde, me has mentido, pero te perdono. Necesito que hables con
el gigante y le digas que no tema nada, sólo quiero verlo y proponerle algo. Te
advierto que si no me obedece, mandaré destrozar tu pueblo y todos iréis a las
mazmorras. Ahora cuéntame cómo llegó y qué es lo que quiere.
El alcalde no tuvo más remedio que contarle todo.
-.Bien -dijo el Señor de las tierras- mañana quiero al gigante aquí en la plaza y
recuerda mis palabras.
El pueblo estaba desolado, pero Taz el gigante los tranquilizó con dulces
palabras, sabía como tratar a tales señores.
Al día siguiente, Barba quería acompañarle, pero le convenció diciéndole.
-.No, voy yo solo. Veremos lo que quiere de mí. No me pasará nada, y te
aseguro que le voy a dar una lección que no olvidara.
-.A grandes zancadas llegó al castillo. El
Señor con todos sus soldados le esperaba.
-.Y, bien, ¿qué queréis de mi?
-.Verás gigante, a mí me gusta guerrear y
conquistar muchas tierras y tú eres muy
fuerte y grande. Me vendrás muy bien para
mis proyectos, quiero ser más poderoso que
el mismo Rey. Yo sabía que hay una aldea en
la que viven tú familia y amigos.
-.Y, ¿cómo lo sabéis? -Dijo el gigante.
-.En la última guerra mis soldados la descubrieron, pero les dio miedo y
huyeron. Vinieron a contármelo y ahora te tengo a ti.
-.Pero mi aldea está muy lejos
-.No tanto, gigante. Siguiendo la dirección del sol, es fácil de encontrar. Uno de
mis capitanes me ha hecho un plano donde se puede ver fácilmente.
-.Señor, me gustaría ver ese plano -dijo el gigante sumisamente-. Mi pueblo es
un pueblo guerrero –mintió- y estoy seguro que querrán ayudarle, y así tendrá
un ejército de gigantes.
Sonriendo, el Señor que era muy vanidoso, se había tragado la mentira del
gigante. Mandó traer el plano.
Taz lo estudió y cayó en la cuenta de que había estado dando vueltas, y por
eso no había encontrado el regreso a su casa.
El Señor estaba muy cerca de él, y entonces el gigante lo agarró por los pelos
y lo subió por encima de su cabeza y gritó.
-.Ser despreciable, que sólo por avaricia matas y extorsionas a los pueblos. Me
gustaría aplastarte ahora mismo. No mereces ser el Señor de estas tierras. El
Rey tiene que saber de tú ambición. Ahora manda a tus tropas a que traigan
todas las armas y las tiren delante de mí. Mandaremos emisarios para que
vengan todos los pueblos a los que has hecho daño y ellos me dirán qué hago
contigo y con tus tropas.
El Señor, muerto de miedo, hizo lo que le indicó el gigante. Después, todos los
pueblos llegaron y querían matarlo a él y a todos sus soldados. Pero el gigante
no lo consintió y envió al Rey una carta donde le contaba todo lo que había
pasado, incluyendo todas las fechorías que había cometido.
El Rey era un hombre justo y después de leer la carta, mandó que al Señor y a
sus tropas más sanguinarias las encerraran en la torre más alta. Allí estarían
hasta el final de sus días.
Todos los pueblos recobraron la calma y mandaban al Rey sus tributos
directamente.
Taz el gigante ya no tenía nada que hacer y
sólo pensaba en llegar a su casa. Para no
perderse, llevaba el plano como un tesoro. Le
costaba despedirse del pueblo que tanto le
quería. A Barba lo subió a su hombro y se
despidieron. Los dos lloraban, quizás algún
día volverían a encontrarse.
LOS FANTASMAS DEL BOSQUE
andar. Salió del pueblo cuando amanecía y además tenía un hambre feroz. Por
el camino, había consumido unos pocos bocadillos que le habían puesto en el
zurrón la gente que salió a despedirle. La verdad es que le habían conmovido,
a todo el pueblo les había cogido mucho cariño. Todos se habían volcado con
Barba y con él.
¡Cómo echaba de menos a su pequeño amigo! Aunque un amigo pequeño de
estatura, pero, muy, muy grande de corazón.
Se dio cuenta de que estaba llorando y sé
limpió las lágrimas. Tenía que comer algo, pero
antes tenía que cazar y encender un buen
fuego.
Desde donde estaba divisaba un pueblo, pero él
no podía entrar y comprar por el revuelo que
causaría su tamaño, ¡la que se montarían si lo
vieran! El camino hasta su aldea iba ser muy
difícil porque tenía que ocultarse, y eso solo
podía hacerlo en los bosques.
Como tenía muy buena visión, enseguida atrapó a una liebre, la preparó y
después buscó unas patatas silvestres y unas hierbas que introdujo dentro del
animal. Preparó el fuego y, con unos palos, hizo una especie de barbacoa.
Enseguida, el bosque se llenó de un delicioso olorcillo a asado.
Con mucha paciencia, Taz fue dando vueltas a la liebre. Estaba impaciente,
tenía tanta hambre…
Y por fin, cuando la carne estaba tierna, se dispuso a dar buena cuenta de la
suculenta comida. Satisfecho, y después de unos buenos tragos de agua, se
tendió en el suelo a descansar. Echaba de menos las buenas copitas de vino
del bar de Pedro. Y otra vez pensó en Barba. Si estuviese con él se acercaría a
comprar una botellita al pueblo. Se rió. ¡Qué mal los habían acostumbrado en
el pueblo! Todas las mañanas en la puerta de la casa había una cesta con una
hogaza de pan tierno y dos botellas, una de leche y otra de vino. Habían sido
muy felices y Barba lo seguiría siendo, dando sus clases y con el cariño de
todos sus alumnos.
Poco a poco, se fue quedando dormido. Le despertó un leve cosquilleo en la
nariz. Abrió un ojo, el sol estaba muy alto. Por lo menos había dormido tres
horas, pero quería dormir más y cerró los ojos. El cosquilleo era más intenso,
como si alguien o algo con una ramita le frotara la nariz. Intentó apartarlo,
pero no podía. Pesaba demasiado, por el olor debía ser un animal. ¿Tal vez era
un oso? Un poco asustado, sé volvió hacia un costado, pero el peso se quitó de
momento. Entonces, se sentó y tuvo que frotarse los ojos, allí estaba su
queridísimo amigo Barba. A su lado, un precioso pony tan blanco como la
leche.
-.Pero… -balbuceó- ¿Cómo que estas aquí?
-.Una buena sorpresa, ¿Verdad Taz? Como ves, no podía estar sin ti. Cuando
te marchaste tomé la decisión de seguirte, pero con las grandes zancadas que
das era imposible. Entonces, un buen amigo del pueblo me ofreció el caballito
por una módica cantidad y aquí me tienes, estoy dispuesto a ir a tu aldea. No
me importa que me pisen, tengo pensado comprar unos cascabeles y una
trompeta, así los avisaré.
Los dos amigos sé abrazaron, sus risas se oyeron por todo el bosque. Después,
más tranquilos, Barba comentó:
-.¡Qué bien Barba!, en el caballito podemos cargar algunas viandas. Mira ese
pueblo de ahí, está muy cerca. Tú te puedes acercar y en la tienda compras
algunas cosas para el camino ¿Qué te parece?
-.Muy bien, haremos una lista y me llevaré al caballito. Lo montaré y así no me
verán tan chiquito -dijo riendo Barba.
Taz esperaba con impaciencia a su amigo, estaba tardando demasiado. Y él
quería reanudar la marcha hacia su aldea. Por fin, oyó el trote del caballo y un
Barba muy asustado se le echó en los brazos.
-.Taz, Taz ¡es horrible!
-.¿Qué es horrible?
Barba tomó aliento y después, pudo hablar.
-.He llegado al pueblo y por las calles no había nadie. Llamé a la puerta de una
tienda y un hombre se asomó por la ventana y me preguntó que quería. Le di
la lista de la compra, después me dio un
paquete con todas las cosas que habíamos
pedido, le di el dinero, y cuando me dio la
vuelta dijo:
-.Váyase, váyase, que no lo cojan los
fantasmas.
-.¿Pero qué dice? -le pregunté.
-.No puedo hablar mucho, estamos
aterrorizados. Desde hace unos días, todos los
hombres que visitan nuestros pueblos son
secuestrados. Hemos recibido misivas donde nos dicen que nos matarán si
vendemos algo a los forasteros. Yo me estoy jugando la vida. Pero no vemos a
nadie. En la nota nos dice que avisemos tocando la campana de la Iglesia si
vemos a un gigante.
-.Me despedí de él y he corrido a decírtelo, ¿Qué te parece Taz?
-.No sé, Barba, esto es muy extraño. Pero, ¿Quién puede estar buscándonos?
-.Tengo mucho miedo Taz, vámonos cuanto antes.
-.Debemos descubrir lo que está pasando. Voy a dar una vuelta por el bosque,
cazaré algo para la cena y después pensaremos en cómo actuar.
-.Yo no me quedo solo -dijo tajante Barba.
-.Está bien, debemos buscar un buen refugio. Allí pondremos las provisiones y
todo lo que nos pueda estorbar. Ataremos al caballito. Hay que estar bien
atentos. No sabemos lo que nos podemos encontrar.
Pronto encontraron una especie de gruta natural, y allí dejaron todas las cosas.
Barba se subió a los hombros del gigante como en los viejos tiempos, y entre
los dos, escudriñaban el camino por donde pasaban. Había una calma nada
usual en un bosque. No se oían los pájaros. Los animales parecía que habían
huido o estaban recluidos en sus madrigueras. La noche se iba posando. Poco
a poco, todo era cada vez más anormal.
-.Vamos a volver -dijo Taz- Mañana será un buen día para lo que podamos
descubrir.
-.No me gusta nada esto, ¿y sí es verdad que se trata de fantasmas?-
respondió Barba.
-.Querido amigo, no digas tonterías. Los fantasmas o espíritus no hacen
desaparecer a la gente ni escriben notas. Estos son hombres sin escrúpulos,
pero sólo hemos visto una parte del bosque. Nos queda mucho por recorrer.
Con paciencia, descubriremos lo que pasa aquí y quién nos busca. Pienso que
es así por lo que te dijo el hombre de la tienda.
Aquella noche se acostaron muy juntos en el refugio. También entraron al
caballito. No encendieron ningún fuego, era verano y no hacía frío, pero
estaban muy atentos a cualquier sonido que viniese de fuera.
Un sol esplendoroso los despertó. Ahora, el recorrido por el bosque lo harían al
revés que el día anterior. Dejaron al pony atado a un árbol, pero podía pastar.
Aunque no se podía escapar, le dejaron agua por si tardaban. Se hicieron unos
bocadillos para el camino e iniciaron su marcha. Al otro lado del bosque,
también estaba silencioso. No hablaban. Barba estaba temblando de miedo.
Sólo sonrió cuando vio que Taz cogía huevos
de unos nidos de pájaros. Servirían para la
cena. Era muy triste. Si miraban hacia el
pueblo no se veía a nadie y donde estaban, no
se oía ni un murmullo. Barba le dijo al oído a
Taz:
-.¿Qué te parece? ¿Es o no es cosa de
fantasmas?
También muy bajito, le respondió Taz.
-.Quítatelo de la cabeza. Alguien está muy
escondido, pero te aseguro que lo descubriremos.
Así siguieron caminando. Estaban cansados. El gigante cogió más huevos.
Haría una buena sopa. Mientras, escudriñaba todos los rincones de los árboles
y de las rocas. Cada vez estaba más convencido de que alguien los miraba. Al
final, decidieron volver al refugio, tenían que comer y descansar.
Taz preparó el fuego. Entonces, se dio cuenta de que no tenía agua para
preparar la sopa. Llamó a Barba y le dio un cuenco para que la trajera
mientras él, en otro puchero, se disponía a echar los ingredientes. De pronto,
el caballito dio un grito de dolor. El gigante dejó lo que estaba haciendo y
acudió a ver qué le pasaba. El pobre caballo tenía una herida en una de las
patas. Lo intentó calmar mientras sacaba del zurrón un trozo de tela para
taponar la herida. Pensaba: ¡esto no lo hace un fantasma!
Después de curar al caballo, corrió hacia la lumbre. El guiso casi se quemaba.
Muy atento a todo, fue a ayudar a Barba que venía con el agua. Y muy suave,
le dijo:
-.Ya nos han localizado, han herido al caballito. Pero vamos a hacer como si no
pasara nada. Tú no te separes de mi lado, y en cuanto comamos, haremos
como si nos marchamos. Les daremos a entender que nos vamos del bosque.
Se sentaron muy juntos alrededor de la lumbre. A Barba a penas si se le veía,
lo tapaba el gigante. Éste, como si no pasase nada, de vez en cuando probaba
la sopa con la cuchara. Después de un rato de tener la vista fija en el puchero
y con los oídos alerta, Taz dijo:
-.Barba, ¡qué sueño me está entrando!, me encuentro flotando en una nube.
No tengo fuerzas ni para seguir removiendo el guiso. Quiero que hagas una
cosa. Coge un plato y con mi navaja, ve sacando todas las hierbas del puchero
y me las vas enseñando. Hazlo con disimulo, como yo te estoy tapando no
verán lo que haces. El enano siguió las instrucciones del gigante y fue
enseñándole las hierbas una a una.
-.Ya está, dijo Taz, ¿ves esa raíz negra? Es la dormidera y si tú la hubieses
comido, te habría matado. Ahora abre mí zurrón, verás un bote amarillo. Pon
un poco en la cuchara y llévalo a mi boca. Después, todo lo que hay en el plato
vuelve a ponerlo en la vasija donde estaba. Puede que tengamos que darles a
probar su propia medicina, pero hay que tenderles una trampa. Yo me tenderé
en el suelo como si me hubiese dormido, tú pones voz de asustado y haces
como si corrieses hacia el pueblo en busca de ayuda. Después vuelves hacia
aquí, y te subes a ese árbol, te gustará lo que vas a ver.
Había que esperar a que la medicina hiciese efecto. El enano lo estaba
haciendo muy bien, no paraba de hablar. Poco a poco, vio como su amigo abría
los ojos y movía los brazos, ya sé encontraba bien.
-.Ahora, Barba, chilla como una rata a la que le pisan el rabo, quiero oírte
gritar como si yo me hubiese muerto.
El enano parecía un demonio, daba saltos, parecía poseído por alguna fuerza
del mal. Daba gritos chillones y desagradables, zarandeaba al gigante,
llamándole por su nombre.
-.Taz, Taz, ¿qué te pasa? No te mueras, mírame, abre los ojos. Voy a pedir
ayuda al pueblo y traeré un medico -Los gritos se confundían con las risas y
guiños de guasa del gigante.
Después, Barba hizo como que corría hacia el pueblo. Pasados unos minutos,
volvió sobre sus pasos y se encaramó en el árbol como le había dicho el
gigante.
De pronto, aparecieron tres hombres armados y un viejo vestido de negro que
era un curandero. Toda la cara la tenía llena de arrugas, era feísimo. Se acercó
al gigante y le puso el pie en el pecho, en señal de triunfo.
-.¿Veis que fácil ha sido?, no hemos tenido que apresar a más gente.
-.Sí -dijo uno- pero no nos podíamos creer que existieran los gigantes.
-.Que contento se va a poner nuestro señor- dijo otro.
-.Bien- dijo el tercero. Dirigiéndose al curandero le entregó una bolsa en pago
por su excelente trabajo.
-.Y, ¿qué vais hacer con él?- preguntó el curandero.
-.No sé, es demasiado grande para ponerlo en el carro. Pero, podemos cortarle
las piernas y así cabrá. Tenemos que llevarle para que lo vea el señor de las
tierras; si no, no cobraremos la recompensa. Nos ha exigido que lo llevásemos
como fuera.
-.Pero, ¿no está preso vuestro señor?- preguntó el curandero.
-.Si, y muchos soldados, pero nosotros estábamos fuera de la ciudad y somos
los únicos que le quedábamos. Éramos su guardia personal y estábamos de
permiso. Todo el dinero que tenía guardado nos lo dará a cambio del gigante,
pero vamos a dejarnos de charla y a trabajar.
Lo que sucedió a continuación hizo que Barba estuviera a punto de caerse del
árbol. Tuvo que agarrarse fuertemente a una
rama.
Taz, suavemente, cogió al curandero por las
piernas y usándolo de bastón, golpeo a los
tres soldados. Todos cayeron al suelo.
Después, con ayuda de Barba, les ató las
manos y todos juntos, los puso alrededor de la
hoguera.
-.Bueno, ahora quiero que me contéis
absolutamente todo. Después os entregaré a
la gente del pueblo, ellos decidirán qué hacer con vosotros.
El soldado, que parecía que era el que mandaba, empezó diciendo:
-.Nuestro jefe, el señor de las tierras, está preso por tú culpa. Nos dijo que te
apresásemos y que eras un gigante, pero como no sabíamos cómo de grande
era un gigante, a todos los forasteros que llegaban al pueblo y eran muy altos,
los apresábamos y los metíamos en una gruta. Después, los medíamos, y ésta
medida se la mandábamos a nuestro señor, pero él decía que eras mucho más
grande.
Hasta ayer, que el curandero nos dijo que te había visto y sé encargó de
echarte una raíz para que te durmieses.
-.¿Y dónde está la gruta donde tenéis a los forasteros?- Preguntó Barba.
-.Cerca de aquí.
-.Pues, andando, así ataditos vamos a ir a soltar a las personas que tenéis
presas.
-.Os voy a atar a la cola del caballo, así iremos más rápido- dijo Taz.
Barba sé subió al caballito y lo puso al trote. Entre grandes risas por ver como
sudaban los malvados soldados, estos se caían, se levantaban y volvían a
caerse. Por fin, llegaron a la gruta. Taz liberó a los presos y todos se
encaminaron al pueblo. La gente no se lo podía creer. Cuando el gigante les
explicó lo que había pasado, todos suspiraron aliviados. Por fin podrían salir a
la calle, habían pasado unos días terribles. Enseguida dieron de comer a los
forasteros. A los soldados y al curandero les escupían y los querían colgar,
pero Taz, con voz potente puso orden.
-.Amigos, yo soy enemigo de la violencia. La ley hay que respetarla por encima
de todo. He pensado que el alcalde mande a estos hombres a ver al Rey. Iréis
de mi parte, y él se encargara de encerrarlos con todos los demás.
El alcalde llamó a los hombres fuertes del pueblo y enseguida se pusieron en
camino.
A Barba y a Taz les dieron las gracias, junto con comida y bebidas para el
camino. El veterinario curó al caballito, la herida sé había cerrado bien. Dio su
permiso para que pudiesen seguir su camino.
Dejaron el pueblo, estaban muy contentos. Por fin, seguirían hasta La Aldea de
los Gigantes. Formaban un trío curioso, el enano montado en el caballo y el
gigante los miraba con gran cariño, una gran sonrisa se dibujó en su rostro.
-.¿Sabes Barba?, esperemos que no tengamos más paradas.
-.No sé Taz, yo me pregunto si no habrá más soldados del señor de las tierras
y nos tenderán alguna trampa.
-.No enano, yo creo que ya están todos. Ahora es problema del Rey, espero
que les dé su merecido.
Los dos quedaron callados, ya se oían los trinos de los pájaros. El bosque había
recuperado su vida cotidiana. De pronto, Barba, que tenía muy buen oído, dijo
al gigante:
-¿No oyes como si alguien nos estuviera
siguiendo?
-.No oigo nada, venga que ya ha pasado todo,
tranquilízate.
-.Te digo que nos vienen siguiendo, respondió
el enano temblando de miedo.
-.Vale, vamos a parar. Encenderé un pequeño
fuego y te haré una tisana para que te calmes.
Barba se bajó del caballito y se puso a recoger
ramitas. Estaba muy atento a los ruidos, despacito y procurando que no le
vieran. Quienes les persiguieran había seguido la pista de donde le venían las
señales. Éstas eran muy suaves. Se echó al suelo, y casi reptando avanzo por
los matorrales, los fue abriendo y de pronto se topó con alguien, era una niña
del pueblo muy asustada que al verlo se echo a llorar, Barba acarició su
cabecita y le habló cariñosamente.
-.Niña, ¿Cómo te llamas?
-.Soy Nana, pero por favor no me hagas daño.
-.No te voy hacer nada, solo quiero que me digas por qué nos sigues y qué
quieres.
-.Solo quiero hablar con el gigante y pedirle una cosa. Sé que es muy bueno y
me atenderá.
-.Claro que sí, Nana -dijo Barba conmovido- pero no tienes que esconderte, mi
amigo Taz, te escuchará con mucho gusto.
-.Taz, mira quien nos seguía, se llama Nana y quiere hablar contigo.
-.Veamos, Nana, ¿en qué te puedo servir?- le preguntó mientras cogía a la
niña y la subía a sus hombros.
-.Gigante, te quiero pedir un favor. Todo el mundo en mi casa se ríe de mí,
pero yo sé que tú con lo alto que eres podrás concederme lo que te voy a
pedir.
-.Venga, venga, no tengo ni idea de lo que quieres pedirme.
-.Pues quiero -dijo Nana con voz balbuceante- que me lleves a tocar la Luna.
Al oír la petición de la niña, el enano y el gigante se quedaron mudos, pero
después soltaron una carcajada. Hasta el caballito se rió. Pararon al ver la
pena de Nana, las lágrimas le cubrían toda la cara.
Taz la acarició dulcemente y muy serio le dijo:
-.Eso no es posible, no soy lo suficiente alto como para llegar a la Luna. Tú
sabes, porque eres muy lista, que en otros países ya han llegado con cohetes
muy poderosos. Espera a ser mayor y, mientras tanto, por las noches háblale y
mírala. Verás como tu sueño se hace realidad. Ahora vete a casa, tus padres
estarán muy preocupados.
El gigante la bajó de sus hombros al suelo y Nana, muy enfadada, salió
corriendo hacia el pueblo mientras se decía, “Todos los mayores son iguales.
Hasta el gigante que parecía tan bueno no me ha hecho caso, pero ya verán
todos lo que puede hacer una niña pequeña como yo”.
-.Es demasiado- dijo Taz- ¿Por qué nos tienen que pasar estas cosas?
-.Es normal. Si te das cuenta, los niños tienen mucha imaginación y eso es
bueno porque les forma para cuando sean mayores. Ha sido un rato divertido,
¿no te parece?
-.Barba, esto es lo que me gusta de ti. Los niños son tu debilidad, tú has
nacido para cuidarlos. Cuando lleguemos a mi aldea, serás el maestro, ¿qué te
parece dar clases a los más chiquitos? Te querrán muchísimo, pero te advierto
que mi padre y mi madre son mucho más altos que yo y son muy serios. ¿No
te asustarás?
-.No, porque tú estarás siempre cerca de mí, ¿verdad Taz?
-.Por supuesto que así será, para eso son los amigos.
Les quedaba mucho camino para llegar a La Aldea de los Gigantes, pero se
haría corto por las muchas ganas que tenían de llegar.
LA NIÑA QUE SECUESTRÓ A LA LUNA
lo desgraciada que se sentía por las injusticias de los mayores.
Era la sexta hija de una familia. Había llegado de improviso, no se la
esperaban. Como sus hermanas eran mucho más mayores que ella, todas se
sentían como sus madres. Todo lo que pedía se lo daban, pero Nana sólo
quería que le regalasen la Luna. Todas intentaban hacerla comprender lo
imposible de su petición. Se reían de ella, mientras le decían:
-.Todos los niños quisieran poder tocarla, ¿a quién no le gustaría, tenerla más
cerca? Pero verás, tú ahora tienes seis años y seguramente podrás viajar hasta
ella. Creo que no solo tú irás, a lo mejor todos nosotros te acompañaremos.
Como todos se echaron a reír, la niña estaba muy enfadada. Desde muy
pequeña sé sentía atraída por la luz que irradiaba la luna y pensaba: ¡es mía y
solo mía!
Todas las noches abría la ventana de su cuarto ¡Como le gustaría tocarla y
jugar con ella! Su familia no la comprendía. Todos los regalos que le daban los
cambiaría por hablar con la Luna. Tanto, tanto lo deseaba, que una noche muy
sorprendida oyó una voz que le decía.
-.Nana te mereces que yo conteste a tus
preguntas. A ver niña, ¿qué quieres saber?, ¿de
qué quieres que hablemos?
-.¿Quién eres?
-.Soy la Luna, y yo también quiero jugar contigo.
Quiero que seamos amigas.
-.¿De verdad?
-.Sí, de verdad. Desde que eras muy pequeñita
te observo. Yo lo veo todo, soy la vigilante de la Tierra.
En su inocencia, Nana le preguntó.
-.¿Cómo te puedes sostener ahí arriba?
-.No te lo puedo explicar porque no lo entenderías, pero es muy fácil. Igual
que las estrellas y otros planetas como la Tierra, que es donde tú vives. Todos
juntos somos el Sistema Solar. Veamos, ¿te gusta el sol?
-.Si, contestó Nana. El sol nos da calorcito, pero yo sólo te quiero a ti.
-.Nana, ¿te has fijado que cuando él sale yo me oculto y al revés?
-.Claro que lo sé.
-.Todos somos necesarios. ¿Qué sería de los humanos como tú y de las plantas
sin los dos? Lo que pasa es que como yo salgo por las noches, tengo muchos
enamorados. Me han escrito muchos poemas. Y, ¿sabes?, te voy a contar un
secreto: el Sol me odia por eso, a él apenas le hacen caso. Es más, cuando
calienta demasiado todos se enfadan, se secan las plantas, los ríos y el agua
se evapora.
-.Me gusta escucharte. Pero ¿me dejarías tocarte?- dijo Nana.
-.Eso que me pides es imposible- le respondió la Luna.
-.Pues entonces, no somos amigas. Tú también me engañas como mis
hermanas- dijo echándose a llorar.
-.No llores Nana, ahora vas a dormir. Pensaré qué puedo hacer. Estoy en mi
segunda cara, que se llama Luna Llena, pronto me haré pequeña y algo se me
ocurrirá para cumplir tú deseo.
-.¿De verdad?, ¿no me engañas?
-.No, quizás pueda darte una sorpresa, y te aseguro que lo vas a pasar muy
bien. Te vas a reír mucho, pero no se lo dirás a nadie, ¿prometido?
-.Prometido. Sé que será algo maravilloso- respondió la niña.
Todos en la casa estaban vigilando a Nana, había cambiado mucho.
-.¿Os habéis fijado que rara está la niña?
-.Sí, solo quiere que llegue la noche. Antes nos costaba muchísimo acostarla,
para ella siempre era de día. ¿Os acordáis que teníamos que bajarle la
persiana para hacerle creer que era de noche? Y además está muy contenta, le
brillan los ojos. Creo que le ocurre algo y debe de ser bueno.
-.Yo he intentado hablar con sus amiguitas, pero parece ser que no quiere
hablar con ellas. Se aísla en el colegio, está siempre sola, pero la maestra me
ha dicho que no le ha notado nada raro.
-.No os preocupéis tanto, dijo la madre. Los niños son así. Vosotras a su edad
teníais muchos cambios. Lo importante es que no está enferma y yo la veo
feliz
-.No sé, mamá. Creo que hay que vigilarla, es muy pequeña, ¿y si ha conocido
a alguien peligroso?
-.Por favor, hijas, no me asustéis. Pero, podemos turnarnos sin que ella se dé
cuenta y la vigilaremos. Debemos ser muy puntuales a la hora de recogerla en
la puerta del colegio. Pero, por favor, no nos
pongamos nerviosas, sabemos que ella no se
irá con ningún desconocido.
-.¡Ay, mamá! Hay gente malísima que
convence a los niños y se los lleva.
-.Basta ya- dijo el padre- No pasa nada, veis
demasiado la televisión.
Todas se callaron y así se acabó la discusión.
-.Nana, ¿qué estás dibujando?- preguntó la Luna.
-.Me han mandado que dibuje el cielo, las estrellas y a ti.
-.Eso me gusta, ven a la ventana. Te voy a presentar a mis amigos los
planetas y las estrellas. Mira hacia el frente, y verás siete estrellas: cuatro
parecen un carro y después tres en fila. Se llama Osa Mayor. Y ahora, a la
derecha, hay otras siete pequeñitas. Esa se llama la Osa Menor. ¿Te has fijado
que por la tarde, cuando se va haciendo de noche, hay una estrella que brilla
mucho y es la primera que sale? Pues esa es un planeta como la Tierra, se
llama Venus, pero es mucho más pequeña. Hay también otros planetas,
aunque desde aquí no los podemos ver. Uno que se llama Saturno y tiene un
anillo grandísimo. En total hay nueve planetas conocidos.
Hay uno que está más cerca de la Tierra y se llama Marte. Los científicos están
intentando llegar a él después de haberme venido a visitarme.
-.Pero -dijo Nana- ¿es verdad que estuvieron en tú casa?
-.Claro que si, y me gustó mucho. La bandera que me dejaron tiene muchos
colores y un montón de estrellas pintadas, ¿tú sabes de donde es?- preguntó la
Luna.
-.No lo sé, pero si tú quieres, se lo preguntaré a mi madre.Y háblame de ti
Luna, me he fijado que unas veces eres muy grande como un queso y otras
veces parece que te quitan trozos.
La Luna se rió muchísimo y, muy despacito, le fue explicando a la niña el por
qué de sus preguntas. Ésta siguió dibujando en el folio atenta a lo que le decía
su amiga la Luna.
Al final, el dibujo quedó precioso.
-.¿Te gusta?
-.Me encanta, has trabajado mucho y te mereces un premio. Elige de la Osa
Mayor la estrella que más te guste y le pondremos tu nombre. Después yo se
lo diré y verás que contenta se pone mi amiga.
Nana eligió una estrella de la punta del carro, para ella era la que más brillaba.
-.Gracias, Luna, cada día me gusta más hablar contigo. Me enseñas muchas
cosas. Siempre estaremos juntas, ¿verdad?
-.Venga, es hora de que te duermas. ¿Te has fijado que me estoy volviendo
más pequeña? Pues ya falta poco para la sorpresa que te prometí, pero tienes
que estar muy tranquila y tener paciencia. Y el dibujo sólo se lo enseñarás a la
maestra.
-.Luna, ¿tú crees que le gustará?- preguntó Nana.
-.Seguro que sí, pero ahora cierra los ojos y descansa.
La maestra estaba perpleja y sabiendo lo preocupada que estaba la familia,
llamó a la madre de Nana.
-.Os he llamado porque el dibujo que ha hecho la niña me tiene muy
sorprendida, es impresionante para su edad. Miradlo y decidme qué pensáis de
él. En el dibujo, en primer lugar, estaba la Luna en sus cuatro fases. Después,
había dibujado las estrellas, entre las que estaba Saturno con su anillo, y todo
lo había pintado con un colorido especial.
-.Mirad, dijo la maestra, en la Osa Mayor, que es una constelación, Nana ha
puesto su nombre en una estrella. Y lo más sorprendente es que el dibujo
parece un trocito de cielo.
-.La verdad es que el dibujo es precioso -dijo la madre- pero no le veo nada
especial. Nana siempre está mirando el cielo y las estrellas. Las hermanas e
incluso yo misma le hemos enseñado los nombres de las estrellas,
y como le gusta tanto, se le queda todo cuando le explicamos las cosas. Tienes
que tener en cuenta que quiere ser astronauta. Todas se rieron.
-.Menos mal, estaba asustada. En los años que llevo de maestra nunca he
visto un dibujo tan perfecto. Pero, cuando sea mayor, si no es astronauta será
pintora-. La maestra cogió el dibujo y lo puso en un lugar preferente para que
todos lo vieran y admiraran.
La Luna cada vez menguaba más y llevaba dos noches sin hablar con Nana. Y
ésta, estaba muy triste. La llamaba pero no le contestaba, y le decía llorando:
-.Luna, ¿qué he hecho mal?, ¿por qué no hablas conmigo?, ¿es que ya no eres
mi amiga?- Pero nada, la Luna no le contestaba.
Por fin, cuando ya solo quedaba una pequeña
porción de la Luna, la llamó.
-.Nana, llegó la sorpresa. He tenido mucho
trabajo porque para menguar hay que hacer
mucha fuerza, pero ya estoy preparada.
Asómate a la ventana, yo me acercaré y en
uno de mis picos te sentarás. Podrás tocarme
y yo te balancearé. Tienes que agarrarte muy
fuerte, solo será un ratito, pero no olvidarás
lo divertido que es.
Nana dio un salto. Su alegría era infinita. Estaba con la Luna, la tocaba y
estaba muy fría, pero no importaba. Se abrazó al pico y esperó. Entonces, la
Luna suavemente giró y empezó el paseo. Vio muy cerca a las estrellas y las
saludó. Después a Venus, era tan bonita como su nombre, y cómo brillaba. La
Luna fue hablándole de cada constelación allá por donde pasaron.
-.Mira Nana, esa es Orión y esa otra es la constelación del Caballo. Hay
muchísimas. Como ves, el Cielo es muy hermoso. Por cierto, ¿has visto las
estrellas fugaces?
-.¿Esas que se caen?
-.Sí, y ¿te han dicho que les tienes que pedir un deseo?- dijo la Luna.
-. Pero a mí ya me han concedido el deseo, estar contigo. Ya nada tengo que
pedirles.
-.Pues te voy a decir, y no quiero que lo olvides, que si tú deseas algo mucho,
mucho, ten por seguro que se cumplirá. ¿Has visto lo que ha pasado conmigo?
Tú deseo se ha hecho realidad.
-.Es verdad, soy la niña más feliz del mundo gracias a ti. Si pudiera, no me
bajaría.
-.Ya hemos terminado el paseo. Yo no puedo estar mucho tiempo fuera de mi
sitio. ¿Te imaginas qué pasaría si me vieran paseando por el cielo? Espero que
no se hayan dado cuenta. Me vigilan continuamente, están siempre alerta. En
cuanto que una estrella se mueve, ya están investigándolo.
La Luna la dejó en casa. Nana se durmió llena de felicidad. Su madre, que
siempre iba a verla para darle las buenas noches, notó que una gran sonrisa se
dibujaba en su cara. Su hija estaba contenta y eso era lo que importaba.
Todas las noches que siguieron, la Luna le contaba muchas cosas. Le hablaba
de los animales, de los bosques, del mar, de los grandes saltos que daban los
peces cuando ella se reflejaba en el agua. Nana le preguntaba muchas cosas.
A todo le respondía, aunque solo se ponía triste, cuando le decía:
-.Nana, ¿sabes lo que me da mucha pena? Cuando veo los grandes banquetes,
con buenos manjares y mejores carnes, y luego miro a los mayores y a los
niños pobres rebuscando algo para comer en los contenedores y estercoleros,
es horrible.
-.Si Luna- contestó Nana- de eso se habla mucho en mi casa y en la televisión.
A mí también me da pena. ¿Por qué hay tanta gente rica y tanta pobre?, ¿no
sería mejor que los ricos compartieran con los
más necesitados?, eso dice mi madre.
-.Eso sería lo justo, pero creo que debe ser muy
difícil. Yo, dijo la Luna, intento darles mucha luz
para que encuentren algo que les pueda servir.
Pasaron varias noches, y la Luna volvió a
desaparecer. Nana se dio cuenta de que cada
vez estaba más gorda. Pensó que, a lo mejor,
por eso no había ido a verla, de repente oyó su
voz.
-.Hola, Nana. Vengo a despedirme. No olvides lo que te he contado. Ahora
estoy en la fase de Luna Nueva, y ya me tengo que ir.
-.No, Luna querida, dijo la niña desesperada, solo una noche más. Por favor,
para que me haga a la idea de no volver a hablar contigo.
-.Vale, solo una noche más. Es lo único que te puedo ofrecer, pero ha sido muy
hermosa nuestra amistad. Creo que debes estar contenta. Yo siempre desde el
cielo te miraré y tú me darás las buenas noches.
-.Gracias Luna, te prometo que no lloraré y te diré adiós con una sonrisa.
Se fue la Luna, pero la niña no se quedó conforme. No podía creer que no
volvería a hablar con ella. Había aprendido muchas cosas, pero quería saber
mucho más. Y después de mucho pensar, se le ocurrió algo terrible y malísimo.
Lo sabía, pero se decía a sí misma: ¡es mía y solo mía, nadie me la quitará!
Al día siguiente, buscó una caja muy grande. En uno de los lados, hizo como
una pequeña ventana. Después, la colocó en un rincón del jardín y esperó a
que llegara la noche y que la Luna apareciese.
-.Nana, ¿por qué no estás en tu cuarto?
-.Te estaba esperando aquí porque, como es nuestra última noche, me
gustaría que jugásemos.
-.¿A qué juego?- dijo la Luna divertida
-.Al escondite- respondió la niña.
-.¿Y a eso cómo se juega?
-.Verás, dijo Nana, yo me escondo y tú me encuentras.
-.Pero eso es muy fácil, yo siempre se dónde estás.
-.Quiero que no me mires, ni veas donde me escondo. Así es el juego. Pero te
daré una pista, ¿ves esa caja grande en el jardín?, pues a lo mejor me escondo
dentro. Pero quiero que me toques por última vez.
-.Bueno, está bien. ¿Te gustaría que yo también entrara en la caja? Sólo por
un momento, ¿vale?
-.Fantástico Luna, sería una maravillosa despedida.
La Luna se acercó a la caja y entró llamando a la niña, pero ésta estaba
preparada y lo había pensado mucho. En un momento cerró la caja y la
encerró.
De nada sirvieron los gritos y llantos de la Luna, Nana no se conmovió. Ya la
tenía donde quería. Por la ventana podría hablar con ella, ya se le pasaría el
enfado. Y así, todas las noches seria suya y solo suya.
Pasaron varios días. Todas las noches iba a verla, pero la Luna se había
quedado muda. En todos sitios oía decir ¿dónde estará la Luna? En casa, sus
padres y hermanas lo comentaban.
-.Esto es un desastre. Como la Luna no salga pronto, en ningún pueblo ni
ciudad se podrá salir de noche. Algo muy gordo va a pasar porque los animales
están asustados y los peces se están muriendo. Además, los ladrones están
atacando las casas y los comercios, es terrible.
A la niña, después de oír esto, ya no le hacía gracia lo que había hecho y se
preguntaba, ¿tan necesaria era la Luna?
Era demasiado pequeña para comprenderlo, pero no le gustaba que se
muriesen los animales y sufrieran, con lo que estaba deseando que llegara la
noche.
Se sorprendió cuando miró por la ventana de la caja cuando vio que la Luna
casi no brillaba. Entonces, se echó a llorar y le dijo:
-.Perdóname Luna, en mi amor por ti no me he dado cuenta de lo que hacía.
-.Te perdono Nana, yo siempre te querré. Pero
quiero que sepas que es terrible estar
encerrado, y habrás comprendido que hasta la
más pequeña flor es necesaria en el mundo.
Nana seguía llorando. Abrió la caja. La luna salió
muy despacio y rozó la carita de la niña.
-.Adiós Nana, no llores. Enseguida recuperaré
mi luz, y desde el cielo, esta noche, brillaré
mucho más solo para ti.
Mucho después de que se marchara la Luna,
Nana se acostó. Había llorado mucho. Se puso de espaldas a la ventana, no
quería mirar a su amiga. Sabía que por lo iluminada que estaba su habitación
la luna estaba cumpliendo su promesa de brillar como nunca. Pasaron unas
horas y, de pronto, Nana se despertó. Había tenido un sueño, ¿había sido
real?, se preguntaba. Se acordó de la caja que había visto en el sueño.
Se levantó y, sigilosamente, bajó al jardín. Por mucho que buscó no la
encontró. Entonces, mirando la luna, le dijo despacito con cara de diablillo:
-.¡No habría estado nada mal que te hubiese secuestrado!
FIN
MOHI

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