Esto no es un relato inventado, sino una experiencia vivida, un secreto familiar muy bien guardado pues la protagonista siempre prefirió esconderlo en su memoria, tan sólo tengo recuerdos vagos de aquellos días, retazos escuchados furtivamente.
Mi madre que era única contando historias de su vida, como sólo ella sabía hacerlo, como se contaban las historias antes, sobre lo sucedido en aquellos días nunca habló, posiblemente trataba de evitar sentimientos de miedo, angustia, o dolor, no lo sé. Una vida como tantas otras, marcada por la guerra.
Ahora creo que por las circunstancias que estamos pasando es mi deber contarlo para no perder la fe porque la fe mueve montañas, porque la fe es capaz de mucho más de lo que imaginamos.
'Era el año 1949 yo tenía 9 años, mi padre militar era un hombre caritativo y muy querido por todo el que le conocía, tenía muchas medallas pero la que más apreciaba era la del sufrimiento por la patria, se la había ganado estando en el frente en primera línea de fuego y en un hoyo de por 3 por 3 metros. Él y tres compañeros más repelían el fuego enemigo, de pronto, una bomba estalló dentro del hoyo y perdió el conocimiento. Cuando despertó sus compañeros habían muerto, menos uno que estaba mal herido, con todas sus fuerzas se lo cargó en los hombros y lo llevó al puesto de socorro que tenía más cerca, al llegar se desplomó en el suelo y los sanitarios lo recogieron. Al despertar estaba en el hospital, tenía un trozo de metralla en el pulmón, muy cerca del corazón y le faltaban dos dedos de la mano izquierda.
La guerra terminó, mi padre continuaría en el ejército y después de varios traslados, como es habitual en la vida militar, lo destinaron a Motril.
En este precioso pueblo de la costa de Granada, de donde guardo entrañables recuerdos de mi niñez, la misión de mi padre consistía en reclutar a los mozos de los pueblos colindantes, también se encargaba de la intendencia enviando pescado fresco a los enfermos del hospital de Granada.
Éramos muy felices, mis padres se amaban, mi madre era muy bella, siempre alegre, cantaba esas canciones que se van perdiendo, de las que ya solo queda un recuerdo en blanco y negro. Coplas, zarzuelas, cantares que siempre la acompañaban mientras cocinaba y hacía las faenas de la casa. Curiosamente a pesar de su problema nunca dejó de cantar a sus cinco hijos y a sus nietos muchos años después.
Se habían conocido nada más terminar la guerra y se casaron enseguida pero, sobre todo para mi madre, no todo era felicidad. Años atrás, en plena guerra cayó una bomba en su casa, ella estaba muy cerca, la explosión le rompió los tímpanos de los oídos y se quedó completamente sorda. No tenía solución, sola y sin ayuda aprendió a leer los labios. Aunque era muy alegre, en lo más íntimo de su ser era muy desgraciada, yo lo sabía y siempre estaba a su lado.
Era mayo y el pueblo de Motril estaba revuelto, el tema de conversación que la Virgen de Fátima venía a visitarnos, sólo estaría un día y mi madre que era muy devota, estaba muy contenta. Creo que sucedió el 19 de mayo, todo el mundo se acercó a la plaza del centro a recibirla, y por supuesto allá que fuimos también nosotros. Estábamos en primera fila, se acercaba la procesión y justo cuando los portadores pasaban delante pararon a la Virgen!! Jamás olvidaré la cara de mi madre, estaba bellísima, las lágrimas le cubrían el rostro, con las manos juntas en oración, sus labios hablaban con la Virgen. Volvimos a casa, la alegría nos inundaba, hablamos de lo bonita que estaba la Virgen y de la suerte que habíamos tenido de verla tan cerca. Al día siguiente todo en mi casa había cambiado, mi madre había perdido la razón, no podíamos hablar alto, casi ni movernos, ella gritaba que nos calláramos que no soportaba el ruido, todos estábamos muy asustados y mi padre mucho más. Mi madre oía perfectamente pero no dejaba de llorar, tengo el recuerdo de un día terrible y que nadie salió de casa.
No consigo recordarlo con claridad, creo que debió de ser al día siguiente cuando volvimos mi madre y yo a despedir a la Virgen, aunque parezca imposible ocurrió exactamente lo mismo que el día 19, otra vez los portadores pararon a la Virgen delante de nosotras, esta vez la cara de mi madre era de una amargura y una tristeza total. Volvimos a casa sin hablar, no hacía falta, yo sabía lo que mi madre le había pedido a la Virgen. Para alegría y tranquilidad de nuestro hogar mi madre volvió a estar sorda, muchos años después le pondrían un aparato en un oído y consiguió oír bastante bien, o eso creo, muchas veces le bajaba el volumen, quizás prefería su sordera.'
Todos los días a mi Virgen Maria de Fátima le pido por mi familia y por el mundo entero. Ahora con más motivo le imploro que nos ayude y nos dé su bendición, ella lo puede todo y tenemos que pedirle con mucho amor que volvamos a tener nuestra vida. La vida que nos ha robado este maldito virus.
MOHI 2020
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