Cuentos




LA AGUJA MÁGICA

Lara se despertó; hoy era su cumpleaños, dieciocho años. Se frotó los ojos. Colgado en una percha, había un precioso vestido. Sé sentía muy conmovida con todo el trabajo que tenían. Su madre y su abuela habían sacado tiempo para hacerle el vestido de sus sueños. Eran costureras, se pasaban el día y la noche cosiendo. A su padre no llegó a conocerlo, porque un buen día desapareció y las abandonó; con lo que las tres vivían del producto de la costura.
Bajó a desayunar. La madre y la abuela la esperaban, habían cocinado unos ricos pasteles; después de besos y felicitaciones, la abuela le entregó una cajita, y al abrirla, vio que contenía una aguja y un dedal. Su decepción fue mayúscula y dijo:
-. ¡Sabéis que odio la costura! A todas horas oyendo el ruido horrible de la máquina de coser, siempre encorvadas sobre ella. Yo jamás coseré, seré muy rica y me compraré la ropa en las mejores tiendas. La niña estaba muy enfadada.
-. No grites Lara, dijo la abuela, esa máquina horrible como tú la llamas es la que fabrica los vestidos. Siempre estas pidiendo que te hagamos cosas que ves en las tiendas. Nosotras no tenemos tiempo de hacértelas; con lo que si tú quisieras, te ayudaríamos y tú solita podrías aprender y tener toda la ropa que veas y quieras.
-. Abuela, te he dicho que nunca coseré, ¿entendido?
La madre tuvo que intervenir para calmarla.
-.Ya está bien, Lara, quedamos enteradas. Y nunca más en esta casa volveremos a sacar el tema; pero, eso sí, tendrás que taparte los oídos porque la maquina horrible es la que nos da de comer.
La cajita, quedó encima de la mesa, más tarde la abuela la recogió y con mucho cuidado la llevó a la habitación de Lara y la puso encima del sifonier.
La mayor virtud de Lara era el estudio. Sus notas eran muy buenas, pero tenía un vicio especial, las tiendas de ropa. En su tiempo libre solía visitar todas las boutiques. Y, haciéndose pasar por una chica rica, se probaba y probaba los vestidos, las camisas, las chaquetas… Era una autentica obsesión.
Como la ciudad donde vivía era muy grande, todos los sábados, y mediante un plano que tenía, seleccionaba un barrio y hacia allí se encaminaba. Mareaba a las dependientas, todo lo que le gustaba se lo probaba. Y después de hablar y mentir sobre su dinero, las dejaba con un palmo de narices y no compraba nada. Era natural, no tenía dinero; solo la paga semanal, que le daban su madre y abuela. Sabía que lo que hacía estaba muy mal y se sentía avergonzada, pero sus deseos eran superiores a su conciencia.
Nadie sabía su problema, no se le hubiese ocurrido contárselo ni siquiera a sus amigas, Yoya y Lina, a las que conocía desde la guardería.
Yoya era hija de un constructor. Tenía mucho dinero, pero no le importaba la moda; siempre llevaba vaqueros y camisetas. Le tenía sin cuidado su aspecto o lo que pensaran de ella.
-. No entiendo por qué no te gustan los trajes bonitos, solía decirle Lara.
-. Paso de la ropa, hay otras cosas más importantes, le respondía Yoya.
-. ¿Como qué?
-. Como por ejemplo, que solo quiero ser yo. Prefiero que me miren y que sean mis amigos por mi forma de ser. Me gusta mi cara, mis manos; en realidad, ¡me encanto!; decía riendo a grandes carcajadas Yoya.
Lina, no se metía en ninguna discusión o conversación de sus amigas. Era muy retraída. La vida le había dado muchas malas lecciones.    La separación de sus padres, la llevaba muy mal. Habían sido muy felices, pero ahora cada uno por su lado, y ella se encontraba muy sola. Sus amigas eran lo más importante, las tres eran inseparables; siempre solía decirlo.
-.Tener un amigo es lo  mejor del mundo, jamás nos separaremos.
En esto estaban las tres de acuerdo, y durante el curso escolar, intercambiaban ideas y se ayudaban en los trabajos. Cada una con sus problemas, habían hecho un buen trió.
Acababan de terminar el instituto. Yoya, las invitó como otras veces a su campo. Como decía ella, era una hacienda enorme. La casa enclavada en lo alto de una colina parecía un castillo, tenía muchas habitaciones y, desde la terraza, se podían contemplar los campos y el ganado.
Todas las mañanas, después del desayuno, las tres montaban a caballo. Los animales se criaban en la hacienda, y recorrían los caminos. Lara era feliz, envidiaba a su amiga; pero era superior el cariño que sentía por ella. Le gustaba el campo, todo el mundo las conocía, cuando era época de recolección ayudaban como un trabajador más.
Por las noches, después de cenar, se tendían en la hierba del jardín; y mirando las estrellas, empezaban las confidencias.
-.Sabéis, decía Lina, para mí va a ser muy difícil separarme de vosotras. Mi madre quiere enviarme a estudiar a Inglaterra, y solo nos veremos en verano.
-.Yo, dijo Yoya, iré a Francia. Mis padres están empeñados en que me familiarice con las empresas que tienen allí. Y tú Lara, ¿qué vas a hacer?, ¿dónde piensas ir?
La pregunta la cogió por sorpresa, y se quedo callada un momento.
-.Me quedaré en casa, respondió Lara. Intentare trabajar, quizás algún día las cosas cambien. De todas maneras, no tengo decidido lo que me gustaría hacer.
-. Mi padre te puede ayudar si tú quieres.
-.No, Yoya, dejemos las cosas como están. Pero, te prometo que si lo necesitase acudiría a vosotras.
-.Bueno, dijo Lina, tampoco es tan grave. Nos estamos poniendo muy tristes. Nos escribiremos, nos llamaremos, y estaremos en contacto. Y en verano, otra vez juntas. Los meses pasarán rápidamente, ya lo veréis. Las tres, con lágrimas en los ojos, se apretaron fuertemente las manos. Se querían muchísimo.
Llegó el invierno, y en casa de Lara todo estaba cambiando. La abuela no sé encontraba bien. Los pedidos de ropa habían disminuido. No se podía seguir trabajando al mismo ritmo, y en pocos meses, la abuela empeoró. Su salud era muy precaria, el médico les informó de que estaba muy grave. Era cuestión de días. La abuela solo tuvo tiempo de despedirse de ellas. A Lara le dijo:
-.Cariño, siento dejarte. Ha llegado mi hora, no olvides mi regalo. Sé que, desde el cielo, te protegeré, y serás famosa ya lo verás. Yo te conozco muy bien, y tendrás tu oportunidad; solo debes estar muy atenta a las señales que la vida nos ofrece.
El funeral de la abuela la hizo llorar como nunca lo había hecho. Se arrepintió de no haberle dado tantos besos como se merecía. Ahora se daba cuenta de lo mucho que la quería. La echaría mucho de menos.
Lara y su madre estaban solas, se encontraban perdidas. La abuela había sido el motor de la casa. El dinero cada vez era más escaso, pero Lara en su tozudez no quería ayudar en la costura. Entonces, a la madre se le ocurrió una idea.
-.¿De qué modo?
-. Tu dibujas muy bien, qué te parecería si me haces los bocetos de los trajes que me encargan las clientas.
-.Bueno, dijo Lara, eso me parece bien. Con todas las tiendas que he visitado, algo se de moda. Mira, me gusta la idea.
-.Bien, pues manos a la obra, dijo la madre. Feliz de verla sonreír,  era la primera vez desde que murió la abuela.
Aquella noche, Lara soñó con vestidos, faldas, camisas, era un revoltijo de ideas. Fue incapaz de dormir, era una completa locura.
Por la mañana, grandes ojeras surcaban sus ojos, su madre sé preocupo.
-.Hija, ¿qué te ocurre?.
-.Nada mamá, no te inquietes. No he dormido bien. Desde que murió la abuela sueño muchas cosas, pero ya pasará.
Desayunaron, y Lara se encerró en su habitación. Cogió un gran bloc y se puso a dibujar. De pronto, se dio cuenta que estaba muy inspirada. Era precioso todo lo que plasmaba en las hojas del bloc, las horas pasaban rápidas. Le sobresaltaron los golpes en la puerta, era su madre.
-.Lara, es la hora de comer, ¿Qué estás haciendo?
-.Voy mamá, pasa y te enseñaré lo que he dibujado.
La madre se quedó sin habla. Las hojas de papel desparramadas por la mesa, era un trabajo magnífico, su hija era una gran diseñadora.
-.Lara, es increíble. Te aseguro que tus bocetos gustarán mucho y tendremos que trabajar muy duro.
-.Quiero ayudarte, mamá.
Se abrazaron conmovidas y alegres, pero tenían otro problema. Tendrían mucho trabajo y solo estaba la madre para coser, pero era un momento muy lindo para pensar en nada.
Efectivamente, los bocetos gustaron mucho, y las clientas acudían a hacer los pedidos. Lara creyó volverse loca. La máquina de coser no paraba ni de noche ni de día, su madre apenas descansaba. Su obsesión era sacar dinero para que Lara fuese a la universidad. Cada día estaba más cansada, pero no decía nada.
Un día, a finales del invierno, sé desmayo y Lara se la encontró tendida en el suelo, llamó al médico y éste le dijo:
-.Lara, tu madre está muy agotada, no puede seguir cosiendo, necesita cuidados.
-.Pero, ¿se pondrá bien doctor?
-. Si, deja la costura por un tiempo. Tú la tienes que cuidar y hacer lo que yo te ordene, sobre todo que no te vea triste.
-. Así lo hare doctor, prometió Lara.
Se le había caído el mundo encima. Su madre enferma, los vestidos colgaban de las perchas, como los odiaba. Se había quedado sin su abuela, y su madre, estaba enferma por culpa de la costura, sé dio media vuelta y subió a ver a su madre.
-.Querida mía, estoy un poco pachucha, pero veras como me repongo enseguida. Solo te quería pedir un favor. Quiero que termines la ropa que estaba haciendo, todo esta pasado a máquina, solo tendrás que coser unos botones y cosas pequeñas; yo te iré indicando y podrás entregar los pedidos que hay pendientes.
Lara asintió, y pensó que no tenía más remedio que faltar a su palabra. Tendría que coser, pero lo que si tenía claro es que no sería modista como su abuela y su madre, esto solo eran las circunstancias.
Bueno, sé dijo, vamos a probar. Y muy ufana, cogió el costurero y se lo puso por delante. Empezó por enhebrar una aguja, imposible. En cuanto que el hilo pasaba por el agujero de la aguja, ésta se rompía. Así, una y otra vez, solo había cuatro agujas y estaban rotas. Sin entender lo que estaba pasando, se quedó sentada y pensando qué podía hacer. De pronto, se acordó de la cajita de la abuela. A ver si con esa aguja tenía más suerte y fuera de mejor calidad. Subió a su cuarto, abrió el sifonier, y allí estaba la cajita con la aguja y un dedal. No recordaba haberla guardado allí, pero pensó que era lo más natural.
Se sentó y se dispuso a coser, pero como no tenia costumbre sé pincho un dedo. Después de lo que le había pasado con las otras agujas, su malhumor se disparó y lo pagó con la aguja.
-.Tonta y estúpida, vaya regalo. Me parece que como no te portes bien, te volveré a guardar; pero ahora para siempre.
Volvió a cogerla, pero la aguja se había vuelto loca, le pinchó los dedos y no quería soltarse de su mano. Por fin, Lara la tiró al suelo. Su enfado era tal que cogiéndola con unas pinzas fuertemente, la llevó hasta la caja de las herramientas. Allí cogió un martillo, y sobre una piedra empezó a darle golpes hasta lograr romperle el pico. La aguja quedó completamente rota, ya no serviría para coser. Satisfecha de lo que había hecho, Lara cogió la aguja y la puso dentro de la cajita y se fue a dormir
Aquella noche algo mágico estaba ocurriendo dentro del sifonier. En la caja, el dedal le decía a la aguja:
-. ¿Te duele mucho?.
-. No mucho, dijo la aguja, cuando estés preparado, empezamos.
-.Cuando tú quieras, respondió el dedal.
La aguja se incorporó y en los agujeritos del dedal fue afilando la punta que había roto Lara. Tardaron horas, pero, al final, la aguja volvía a servir para coser.
-.Gracias, mi querido dedal, sin ti no se puede coser bien. Somos inseparables, tus agujeritos sirven para proteger los dedos de las costureras. Algún día, Lara se dará cuenta de los consejos de la abuela.
Lara, se levantó de un salto. Con el problema de las agujas no había terminado nada. Estaba desesperada. Con los brazos sobre la mesa, intentaba recordar un sueño que había tenido. Desde luego, tenía algo que ver con su abuela, le pasaba muchas veces; pero en este sueño recordaba perfectamente la voz de ella, que le decía:
-.La aguja, mi querida niña, y no olvides el dedal, él te protegerá. Los dos te ayudarán.
Llorando, fue a por la caja. Pensaba en lo que había hecho la noche anterior. La abrió y cogió la aguja. Estaba perfecta, volvía a servirle. Y con toda humildad, se puso el dedal. Muy contenta, se dispuso a coser y pensó que había sido un mal sueño; pero lo recordaba con tanta nitidez que parecía real.
Bajo la supervisión de su madre, comenzó una nueva etapa para ella. Animada y tranquila, terminó todos los vestidos. La aguja volaba en la costura, parecía que sabía lo que tenía que hacer. Cuando una prenda quedaba terminada, la besaba. En realidad, a quien besaba era a la abuela a través de la aguja. A veces no entendía lo que le estaba pasando.
Lara cosía y cosía, diseñaba. Se dio cuenta de que su verdadera vocación era la costura. Ella había nacido para diseñadora, llevaba en la sangre la moda.
Empezó a presentarse a certámenes, donde sus bocetos cada vez triunfaban más. Su nombre era más conocido, la reclamaban los mejores modistos. Ahora era feliz, tenía fama y dinero. Y como siempre quiso, no olvidaba a su abuela. Su madre podía compartir con ella sus triunfos.
Habían pasado dos años. Lara, frente al espejo, se miraba asombrada. Esta noche recogería el fruto de tanto trabajo. La voz de su madre la sacó de sus pensamientos.
-.Vamos preciosa, nos esperan. O acaso no quieres lo que te van a dar.
-.Claro que lo quiero, pero no me lo puedo creer.
Estaba en una nube, cuando le impusieron “La aguja de oro”, el mayor galardón. Sus amigas estaban con ella, admirando el precioso trofeo que su amiga lucía en la solapa de la chaqueta.
La fiesta estaba muy animada. Lara era el centro de atención de todo el mundo. Felicitaciones, parabienes, era maravilloso; pero ella solo deseaba llegar a su casa. En cuanto pudo, se escapó y cogió su coche. Tenía algo que hacer mucho más importante que la fiesta.
Llegó a casa y subió a su habitación.  Delante de la foto de la abuela, estaba la cajita y dentro la aguja. Lara  la cogió, le dio un beso. Después se quitó “La aguja de oro”, y en la solapa colocó su querida aguja. Miró la foto de su abuela, y tuvo la ligera sospecha de que una preciosa sonrisa se dibujaba en su cara. Parecía que quería decirle algo, y lo entendió. No había habido nada mágico, cuando sé sintió sola y desesperada. Su fuerza de voluntad se había impuesto a la adversidad.
“La aguja de oro”, era el premio de su trabajo. Nuestro mundo, el de cada uno, es solo nuestro. Nosotros tenemos la llave para cambiarlo. Como Lara, que odiaba la costura y, precisamente, la había llevado a lo más alto. De ahora en adelante,  sería mucho más humilde, y sobre todo, MUCHO MÁS FELIZ .

                 
                                                                                                                       MOHI